"Hubo muchísimos alemanes que apenas sí tenían oscura noticia de lo que pasaba o podía pasar fuera del ámbito de sus casas. Las zonas rurales y los municipios más pequeños y remotos sólo se dieron cuenta de la realidad durante los últimos meses de la guerra, cuando el frente se iba acercando a ellos. Pero una inmensa cantidad sí lo sabía. Wiechert escribe su largo viaje a Buchenwald en los días relativamente idílicos de 1938. Cuenta que el gentío les rodeaba en las diversas paradas para burlarse y escupir a los judíos y a los presos políticos que iban encadenados en los furgones de la Gestapo. Cuando los trenes de la muerte comenzaron a recorrer Alemania durante la guerra, la atmósfera se espesó con los estertores de la agonía. Los trenes aguardaban en las vías muertas de Múnich antes de entrar en Dachau, no muy lejos de allí. En el interior de los vagones sellados hombres y mujeres y niños enloquecían a causa del miedo y la sed. Pedían a gritos aire y agua. Gritaban durante toda la noche. La gente de Múnich oía los gritos y hablaba entre sí. De camino a Belsen, un tren hizo una parada en alguna parte del sur de Alemania. Los prisioneros fueron obligados a correr de un extremo a otro del andén y un individuo de la Gestapo soltó a su perro con el grito: '¡Hombre, atrapa a esos perros!'. Un buen puñado de alemanes estaba allí cerca observando aquel deporte. Hay más descripciones de incontables casos semejantes."
George Steiner. "El milagro hueco". En: Lenguaje y silencio. Ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano. Editorial Gedisa, Barcelona, 2003, pág. 127.
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