"Habiendo llegado con muy poca antelación a las artes plásticas, y mostrando por ello unas respuestas bellamente libres y empíricas, el gusto judío, disfrazado de comerciante, patrón y crítico, respaldó el impresionismo y el resplandor de lo moderno. A través de Reinhardt y Piscator renovó el teatro; por medio de Gustav Mahler las relaciones entre la música seria y la sociedad. En su época dorada, de 1870 a 1914, y de nuevo en los años veinte, el fermento judío dio a Praga y Berlín, a Viena y París, una concreta vitalidad de sentimiento y de expresión, una atmósfera que era a un tiempo la quintaesencia de Europa y la quintaesencia de lo 'excéntrico'. El matiz humorístico es objeto de una delicada burla, y se vuelve memorable en el agitado hedonismo, en la erudita urbanidad del Swann de Proust.
·····Casi nada de esto sobrevive. Eso es lo que hace que mi propia y casi involuntaria identificación con todo ello sea una circunstancia tan vaga. Los judíos europeos y sus intelectuales quedaron atrapados entre dos oleadas de asesinatos, nazismo y estalinismo."
George Steiner. "Una especie de superviviente". En: Lenguaje y silencio. Ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano. Editorial Gedisa, Barcelona, 2003, pág. 171.
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