martes, 3 de agosto de 2010

"Algunos de los escritores que se quedaron en Alemania practicaron una resistencia pasiva. Uno de esos pocos fue Ernst Wiechert. Pasó un tiempo en Buchenwald y permaneció en aislamiento parcial todo lo que duró la guerra. Enterraba en el jardín lo que escribía. Estaba en constante peligro, pero estaba empeñado en que Alemania no pereciera sin una voz que contara sus sufrimientos. Lo hizo para que los hombres honrados que habían huido y aquellos otros que sobreviviesen superan lo que había ocurrido mientras tanto. En El bosque de los muertos nos ha dado un informe sosegado y breve de lo que vio en el campo de concentración. Sosegado porque purgó el horror de los hechos al convertirlos en verdad escueta. Vio que los judíos eran torturados hasta morir bajo inmensas cargas de piedras o maderos (cada vez que se paraban para respirar eran azotados hasta que caían muertos). En cierta ocasión advirtió que tenía llagas en el brazo; le pusieron una venda y sanó. Sin embargo, el oficial médico del campo no habría tocado a los judíos ni a los gitanos ni siquiera con guantes 'para que el hedor de su carne no le infectara'. De modo que morían así, aullando por los dolores de la gangrena o perseguidos y cazados por los perros policía. Wiechert vio esas cosas y las escribió. Al final de la guerra desenterró el manuscrito y lo publico en 1948. Pero ya era demasiado tarde."
George Steiner. "El milagro hueco". En: Lenguaje y silencio. Ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano. Editorial Gedisa, Barcelona, 2003, págs. 125-126.

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